APRENDIENDO A VIVIR LAS DESPEDIDAS

En estas últimas tres semanas he asistido a dos funerales, y curiosamente de gente que conocí en el mismo grupo, del mismo círculo social. No es la primera vez que me sucede algo así, hace cuatro años aproximadamente también me tocó asistir a dos funerales en un periodo de tiempo muy corto, primero al de Arturo, un compañero de la universidad que falleció una semana antes de iniciar el tercer semestre de la carrera, y a la semana siguiente al del papá de otro compañero, del mismo grupo.  Y más curiosamente  es que también fueron por las mismas fechas agosto-septiembre. Que en paz descansen.

No soy buena despidiéndome, ni  aún los con vivos, normalmente sólo dejo de asistir a los grupos, a las reuniones,  pero nunca me despido.  Las despedidas me generan demasiada ansiedad. Creo que es ansiedad de separación, creo que se debe a múltiples despedidas forzadas durante la infancia o al sentimiento de abandono del que no me he podido liberar aún después de las muchas horas de terapia, o  tal vez solamente estoy  racionalizando, y buscando una justificación  al hecho de que soy muy cobarde para decir adiós.

A pesar de las similitudes entre estas cuatro despedidas, las he vivido de maneras muy distintas, en el caso del papá de Raúl, fue más bien en solidaridad con mi compañero; pero con Arturo, Marcos y Cota, las considero pérdidas personales también. Con Arturo fue bonito, en su rostro  tenía un semblante de paz, asistieron muchos de sus conocidos scouts e hicieron sus homenajes a su manera, imperaba un sentimiento de fraternidad. Creo que esa experiencia  me unió más a mis compañeros de la universidad, aunque sea temporalmente.

Cuatro años después con Marcos y con Cota, las cosas son distintas, y muy distintos ambos funerales entre sí. Creo que tiene que ver también con procesos personales, con etapas, con ciclos en mi propia vida.

Con Marcos fue muy triste, la verdad es que duré “agüitada” varios días después, y tuve que ayudarme con mis “pastillitas de la felicidad” (antidepresivos)  para no dejarme caer  yo misma, porque me conozco y porque sé que también es algo recurrente en mí. Creo que en realidad eso fue lo que hizo triste todo el proceso: la forma. El suicidio nunca va a ser un tema fácil, conlleva  mucho dolor, a mi punto de vista, tanto para la persona, como para la familia. Y al tocar este tema no puedo dejar de lado una herida que tan bien es muy mía, muy de “casa”. Han pasado más de veinte años del suicidio de mi tío, hermano de mi mamá, y aun puedo ver que es una herida abierta en mi familia.

Al  asistir al funeral de Marcos confronté conmigo misma muchas áreas de mi vida en las que he dejado a la muerte ganar terreno, muchos sueños abandonados, mucha desesperanza disfrazada de cinismo, o quién sabe, tal vez sea “madurez”, pero no creo, no creo que la madurez tenga un sabor tan amargo. El funeral con Marcos fue sobrio, oscuro. Y lo describo no  con el fin de causar morbosidad ni nada por el estilo, sino por mera necesidad  de desahogo;  porque al recordarlo todavía siento una presión en el pecho, y al escribirlo me libero de ella, como una especie de  exorcismo literario.

Despedirme de Marquitos fue lo más difícil, nunca recuerdo en una sola  imagen haber visto tanta vida y tanta muerte tan unidas. Ver su cuerpo en el féretro,  fue como ver un fruto que no ha madurado por completo, una flor que no ha terminado de abrirse, y que así, inmaduro/a es arrancado;  y  al ser arrancado comienza su proceso de descomposición. Un capullo marchito. Te extrañaré  Marquitos, y al recordarte aún se me llenan los ojos de lágrimas, por todas las posibilidades cortadas, por todo lo que no fue en tu vida, por todo a lo que renunciaste.  Eso es lo que me genera más tristeza, pero amar es también aceptar, y decido despedirme en amor, aceptando todas tus decisiones, hasta la última. Aunque mi mente no alcance a  comprenderla del todo. Pero tampoco me corresponde  a mí comprenderla, sólo despedirte con el mayor cariño posible.

Al sentir que la tristeza me inunda, sólo encuentro consuelo en la Biblia:

“¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?,  ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley.  Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.” 1 co. 15:55

Pensar en Jesús me ayuda a recordar que a pesar de todo lo que la muerte ha robado, de todo el terreno ganado,  ella no tiene la victoria final. Que existe una promesa de vida, no sólo en la Tierra, si no vida después de la muerte.

“Más ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho.  Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos.  Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados.  Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida. Luego el fin, cuando entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya suprimido todo dominio, toda autoridad y potencia. Porque preciso es que él reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies. Y el postrer enemigo que será destruido es la muerte.” 1Co. 15:20-26

Clamo porque la victoria de Jesús se haga realidad en mi vida, y para poder ser una fuente de vida para otros. Clamo porque la muerte deje de ganar terreno. Clamo por el soplo de vida del Espíritu Santo. Clamo en medio de lágrimas, de incertidumbre y de temor.

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Una semana y media después vino la muerte del Profesor Cota, pero ésta la viví de manera muy distinta. También la lloré, pero no tanto, irónicamente sonreí. Sonreí por los buenos recuerdos, por la semilla sembrada. Sonreí al recordar cómo le gustaba hacerme enojar, al recordar lo peleonero que era.  Sonreí entre lágrimas al verlo tranquilo, en paz.  Sonreí porque vivió. También falleció  joven, de 36 años, pero honestamente creo que los vivió alegremente, los vivió bien. Sonrío porque a pesar de que también fue una forma  trágica, un accidente automovilístico, estuvo muy acompañado, no sólo en su funeral, al que asistió muchísima gente. Sino que en vida también, tan es así,  que finalmente, antes de morir, aceptó una compañera de vida, un matrimonio. Con la muerte de Cota, no puedo evitar pensar en el libro de Eclesiastés.

“¡Anda, come tu pan con alegría! ¡Bebe tu vino con buen ánimo, que Dios ya se ha agradado de tus obras! Que sean siempre blancos tus vestidos, y que no falte nunca el perfume en tus cabellos.  Goza de la vida con la mujer amada cada día de la vida sin sentido que Dios te ha dado en este mundo. ¡Cada uno de tus absurdos días! Esto es lo que te ha tocado de todos tus afanes en este mundo.  Y todo lo que te venga a la mano, hazlo con todo empeño; porque en el sepulcro, adonde te diriges, no hay trabajo ni planes ni conocimiento ni sabiduría.” Eclesiastés 9:7-10

Cota vivió, fue feliz, Aún con sus chistes machistas, y su ironía. Disfrutó de la vida. Como profesor sé que se esforzaba y que siempre gustó del conocimiento. Aparte de su genialidad para entender el C++, que a la fecha yo no entiendo, ni creo poder a entender, tenía un corazón muy grande.

Con Cota aprendí  la importancia de sembrar, y cómo puede impactar tanto un maestro, lo sé porque aún antes de su muerte, trabajando en una biblioteca vi varios libros sobre programación, recordé los artículos que nos hacía leer y que tanto trabajo me costaba comprender, pero lo más irónico en ese momento recordé con cariño. Tomé los libros con una emoción inexplicable, y con un pensamiento vago de “yo podría llegar a entender de qué hablan…”.  Tecnología de la Información en una Sociedad Globalizada, como se llamaba la materia que impartía,  nunca fue mi materia favorita, pero gracias a Cota pude echar un vistazo al mundo de la programación, saber de la existencia de  otros lenguajes, el  lenguaje de las máquinas, para ser específica; pude tener acceso  a conocimientos  que de otra manera jamás habría adquirido.

Y aún más irónicamente, la muerte de Cota me dio esperanza, ánimos, deseos de vivir. Vale la pena esforzarse, aún con aquello que cuesta más trabajo, o que uno ve más difícil. Reflexiono ahora en el rol que curiosamente desempeño en este momento, sin buscarlo,  ahora a mí  me toca hacerla de “Profe” en una preparatoria. Creo que será un trabajo temporal, pero al pensar el Cota, no puedo evitar animarme en imaginar, que tal vez, solo tal vez,   también  pueda yo influir en la vida de mis alumnos, sembrar algo, impactar. Asimismo, su muerte me invita a soñar de nuevo, a ver hacia el futuro: soñar con un posgrado, con un matrimonio (si Cota, siendo Cota, pudo vencer su miedo al compromiso, hay esperanza para mí también) que finalmente la vida es corta, pero vale la pena vivirse y disfrutarse. Gracias Profe.

 

 

 

 

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REFLEXIONES DE PAZ  Y JUSTICIA. CASO ENEYDA

 

I

“Justicia para Eneyda” “Justicia para Eneyda” “Justica para Eneyda”

Hubo un momento en que me encontraba rodeada (o al menos así lo sentí) por la moderada multitud de estudiantes enfundados en sus batas blancas que gritaban a voz en cuello, mientras avanzaban para aglomerarse afuera de la Procuraduría de Justicia. Sus voces retumbaban tan fuerte que parecían salir de la tierra, su fuerza no radicaba en los decibeles o el volumen de sus voces, era otra la raíz de esa fuerza. No fue mi imaginación, lo sentí, sentí como ese clamor subía desde la tierra, por la planta de mis pies, por mis piernas y se ahogaba en mi estómago, dejando una sensación de vacío.

No pude evitar recordar este pasaje, en donde Dios le pregunta a Caín por su hermano Abel, al que acababa de asesinar:

Entonces el SEÑOR dijo a Caín: ¿Dónde está tu hermano Abel? Y él respondió: No sé. ¿Soy yo acaso guardián de mi hermano? Y Él le dijo: ¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra.  Ahora pues, maldito eres de la tierra, que ha abierto su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano. Cuando cultives el suelo, no te dará más su vigor; vagabundo y errante serás en la tierra.”  Génesis 4:9-12

 

Somos esa tierra que reclama justicia. En algunas pancartas y por un momento se escuchó al unísono: “Somos la voz de Eneyda”. Efectivamente somos esa voz que clama, como clamo por Abel.

Aun no hay detenidos. Me quedo pensando en la segunda parte de este pequeño fragmento, en la maldición de Dios para Caín. Aunque no hubiese presos (que espero y luchare en lo que este en mis posibilidades porque no sea el caso) Adán, ya está marcado de por vida, como lo estuvo Caín, al menos en esta ciudad, al menos en esta tierra, al menos con la gente que lo conocemos, el ya no podría estar aquí, arruino su carrera de médico, su futuro, en todo caso si quedara en libertad, ocurriría como dice el pasaje que ocurrió con Caín, tendría que estar errante, extranjero, fugitivo.

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II

Clama la tierra por sed de justicia,

Clama la tierra la sangre de ella, de él.

Clama la tierra como clamó por Abel.

 

Clama la tierra la sangre de tu sangre,

tu hermano, tu hermana,

su muerte en tus manos.

¿Qué te paso, oh, ser divino?

¿Qué le paso, al ser humano que vivía dentro de ti?

¿Fue acaso tanto el enojo, el engaño,

que mataron al hombre dentro de ti?

 

¿Con que derecho acabas con la vida de otro hermano?

¿Con que agua lavas tus manos manchadas de sangre a placer?

¿Con que agua podrás lavar tus recuerdos, tus memorias?

¿Con que manos intentaras asfixiar a la voz de tu consciencia?

Esa, esa mi hermano, no se puede callar.

 

Lloro la muerte de ella, de Eneyda

Pero también lloro la muerte de él.

Adán, como el primer hombre fuiste nombrado,

Adán, mi corazón llora  por tu atentado.

 

Lloro doblemente.

Mi alma esta en luto a doble vez.

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III

 

¿Qué es la Justicia? ¿Qué es la Paz?

Para ser honesta, después de la protesta esta mañana por Eneyda, pensé que estos términos eran  antagonistas, no se pueden tener justicia y paz al mismo tiempo. Sin embargo, después de darle una segunda reflexión considero: la justicia precede a la paz. Es imposible tener paz sin que haya justicia, sin embargo en estos tiempos creo que tampoco es posible tener justicia sin quebrantar un poco la paz.  (Me refiero a justica y paz terrenales). Y es que en nuestra sociedad ¿Qué tanto se confunde la paz con la negación?

“No pasa nada”  “Es mejor llevar la fiesta en paz”

La primera frase aun retumba en mi mente y en mi corazón “no pasa nada” “no pasó nada”  ¿Cuánto daño puede traer la negación? Por el ambiente en que crecí y por mi historia familiar, a veces me pregunto ¿Qué tan dañando estará mi filtro de violencia? ¿Qué tanto violentare o me dejare ser violentada sin darme cuenta? Y es que, vengo de una familia, en donde según anécdotas me cuentan como mis tíos pateaban a sus propias hermanas si éstas no les planchaban bien la ropa. Si no fuera porque alguien externo a mí me comentó sobre la importancia  levantarnos en contra del machismo y la violencia de género, yo ni siquiera habría pensado en ese tema con respecto a la muerte de Eneyda. Pero, ¿Por qué murió una mujer? ¿Por qué, a cada día mueren mujeres y seguimos como “si no pasara nada”? No, definitivamente no creo, que al menos en esta vida, sea posible tener paz sin un poco de justicia. IMG_04052016_112235

Las luciérnagas que habían perdido su propio color

ImageEn la densa penumbra de la noche que se forma justo antes del amanecer;  cerca de un pantano, se encontraba un numeroso grupo de pequeñas  luciérnagas brillantes. Estos gusanos de luz, habían salido a hacer su danza nocturna,  perecían a lo lejos móviles estrellas que hubiesen descendido del cielo para alumbrar la tierra.  Ellas danzaban alegres.  Pero algo curioso ocurrió, una luciérnaga cambio de color, su verde neón paso a ser un azul brillante.

 Al observarla las luciérnagas que se encontraban más cerca de ella, se asustaron, pero de inmediato la imitaron. “Azul, azul”, pensaron “de seguro debe de ser azul”. Una luciérnaga vieja y un poco más grande que el resto se enojo al ver tan tremendo desbarajuste, del enojo su luz se transformo en un rojo intenso, “eso está bien” pensaron otras pequeñas luciérnagas “rojo, rojo debe ser rojo”.   Al observar tal revuelto unas luciérnagas más jóvenes transformaron su color en un amarrillo de indecisión.  Moradas, rosas y blancas se volvieron otras. En tal despliegue de colores lo que lograron las luciérnagas fue separarse, y el numeroso grupo se había convertido en diminutas comunidades de luciérnagas temerosas y  aisladas. Las rojas con las rojas, verdes con verdes, azules con azules, amarillas con amarrillas, y no se querían ni ver más a menos de que fuesen del mismo color.  Lo que olvidaban estas pequeñas luciérnagas, es que la luz es luz, y que no importa el color que sea siempre puede alumbrar, y más aun en tan densa oscuridad.

Con los ojos cerrados

(No, no es la canción de Gloria Trevi)

 

Había una vez  un hombre que buscó las riquezas del mundo, y una vez que las hubo conseguido, no le gusto lo que veía, ni sus lujos, ni sus grandes posesiones. Todo este le parecía hueco y sin vida.

“Me he equivocado” pensó, en realidad no era esto lo que buscaba. Así que decidió buscar el arte, la belleza. Eso sí le gustaba ver.  Junto todas las obras de arte que hubo a su alcance. Se deleito, se extasió de verlas,  pero al final esto no le llenó.  Volteó a ver todas sus obras y no le gustó lo que vio.

“Me he equivocado” reflexionó, “en realidad no era esto lo que quería”; y decidió buscar  el conocimiento. Tuvo una comprensión del mundo más amplia y rica que cualquier hombre sobre la tierra. Aprendió prácticamente todas las ciencias. Se maravilló de la perfección del universo, de conocer todas las leyes que regían la tierra. Y una vez que hubo conocido todo y aprendido todo, sus ojos comenzaron a cansarse. Se cansaron de tanto haber leído, de tanto haber estudiado, se canso de poder ver tanto. Y tampoco esto le llenó. Ya no le gustaba lo que veía.

Finalmente, el hombre agotado decidió acostarse a descansar y cerró los ojos. En ese momento miro hacia adentro. Viajó por las llanuras de su alma y recorrió las sendas de su corazón. Visitó los lugares más recónditos de sus ser. Observó sus colores y sus sensaciones. Se conoció; por primera vez miró fijamente su interior. Y en su interior pudo observar a Dios. El hombre sonrió aun con los ojos cerrados, y decidió ya no abrirlos jamás.

EL CUBO

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EL CUBO

               

–          ¡Ya basta!

–          ¿De qué?

–          Basta de tus reglas, de tu perfeccionismo.  ¡Me tienes harta!

–          ¿Yo?

–          Si tú, no puedo quedarme en un cubo delimitado, estrecho, rígido. Es más, ni siquiera puedo entrar. No quepo.

–          ¿De qué hablas?

–          Durante años me has tenido en un cubo, aplastada, y ya no quepo ahí. Hay demasiadas formas, demasiadas curvas, demasiados contextos, demasiadas posibilidades que no caben en un cubo.

–          Lo siento, no es culpa mía.

–          ¿Disculpa?

–          El cubo del que hablas, no es mío. Te entiendo y lo siento, pero no es mi cubo, es lo que aprendí, lo “correcto”, cada línea, cada arista, fueron puestas en algún momento de mi vida y están sumamente forjadas. Yo no sé como quitarlas.

–          Pero ya estoy harta. Siento que ni siquiera puedo caminar, ni siquiera puedo dar un paso para salirme de tu cubo.

–          No hay manera de salir. No puedes…  quiero decir no puedes destruirlo de la noche a la mañana. Está establecido, así “debe ser”.

–          ¿Y si no?  ¿Y si no “debe ser” así?

–          Es lo mejor

–          Pero me asfixia

–          Mira, el cubo está ahí por algo. Hay reglas, instituciones, cosas que yo no he hecho, ya estaban ahí.

–          Pero es muy estrecho, no hay manera de que quepa en él.

–          Tal vez si…

 

–          ¿Enserio? ¿Cómo?

–          Tal vez podríamos extender el cubo, hacerlo más amplio. Así podrías caber en él.

–          Pero, ¿y si el cubo está mal? Quiero decir, aunque lo extendamos, no funcionaria porque seguiría siendo limitado y rígido.

–          Tal vez… pero no podemos deshacernos totalmente del cubo. Debemos aprender a vivir con él.  A lo mejor y hasta nos sirve.

–          Pero me causa ansia, angustia. Lo siento en mis dientes, en mis muelas,  las aprieto,  justo como siento que me aprieta el cubo.

–          Lo  siento no te puedo ayudar.

–          Pero imagínate por un  momento que el cubo no existiera… Me sentiría libre, no existiría tensión, simplemente “sería”. ¡Y ya no se me enchuecarían los dientes!… Deshagámonos del cubo,  ¡por favor!

–          No puedo

–          ¿Por qué no?

–          ¿Y cuando los demás vengan?

–          ¿Quiénes?

–          Los demás… los de afuera. Cuando pregunten por el cubo, ¿Qué les diremos?

–          No importa, no los escuches. Por favor, me estoy muriendo, ¡ ya no puedo más!

–          Me da miedo

–          ¿Por qué?

–          ¿Qué haríamos sin un cubo? Sería muy arriesgado.

–          No importa, tomemos el riesgo.  ¡Por favor!

–          ¿Y los de afuera?…

–          ¡¡Al diablo los de afuera!! ¡Ya no puedo más tu maldito cubo!

 

 

Sombrero Rojo

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Sombrero Rojo

 

El reloj suena.  Con cada paso que da la manecilla se rompe el silencio. Se escucha su andar como la marcha solemne de un soldado que avanza hacia la eternidad.

Al compás del reloj, suena contra el piso el vaivén armonioso de un trapeador  ya acabado.  La mujer que lo impulsa utiliza tanta fuerza, que parece enterrar sus largas uñas rojas en la vieja madera del pobre artefacto. Regordeta la mujer frunce el ceño, tan concentrada está en su labor que nada mas parece importar.  Sus manos ya con manchas rojas y amarillas formadas por la presión ejercida, se encuentran arrugadas y astilladas. La mujer ni las mira.

Tic, toc, tic, toc…

Se abre la puerta. Entra un hombre enfundado en un viejo traje gris, expidiendo olor a tabaco.  Sobre la cabeza lleva un sombrero negro y redondo que deja colgando en el perchero. 

–Mira vieja lo que te traje-  Dice a la mujer mientras descubre una bolsa de  papel café.

 –Cacahuates, vieja, cacahuates-.  La mujer ni lo mira.

Se sienta el hombre sobre el viejo sofá. Abre la bolsa produciendo un suave crujido. Presiona entre sus dedos la cascara del primer cacahuate, saca su contenido y se lo lleva a la boca. Su tupido bigote se mueve al compás de su ingesta. Se escucha el constante choque de sus dientes contra el alimento en su boca.

Tic, toc, tic, toc…

Baja corriendo una niña.

-El sombrero rojo mamá, el sombrero rojo- gime

-Si mija, si- Le contesta la mujer  sin mirarla y sin parar de friccionar el piso con el trapeador. La niña jala la falda azul de la mujer mientras apunta con su mano hacia las escaleras por las cuales descendió.

-El sombrero mamá, el sombrero-

-Si hija, si-

-¿Cuál sombrero? – Se escucha una voz al fondo.

 La emana una mujer de escuálido cuerpo y ojos saltones, que encorva la espalda y mete el pecho  como escondiendo algo, mientras cocina un liquido marrón sobre la estufa.  Se produce un sonido sordo y callado cada vez que la mujer raspa el fondo de la olla con el cucharon que lleva en la mano.

-Ninguno. Ella piensa que el sombrero rojo sigue arriba.- Le contesta la mujer regordeta sin mirarla.

La niña suelta un grito y luego el llanto.

 -¡Mi sombrero!- aúlla.

-No mija, no-  le dice la mujer regordeta, mientras se lleva el dedo a los labios, haciendo un gesto de silencio.

-Mi sombrero….

-Está arriba-

-Pero, acabas de decir….

-No mija, sí está arriba-

La niña hace una mueca mientras se seca las lágrimas y saca la lengua en dirección de la mujer escuálida.  Va hacia el sofá.

-Abuelo, ¿verdad que tú si has visto mi sombrero?

-Si mijita, si

Tic, toc, tic, toc… tac. Dan las doce.

Termina la mujer regordeta su labor. Se incorpora, da un suspiro. Deja el trapeador a un lado,  y abandona el mismo pedazo de piso que fregó durante horas. Retrocede lenta y torpemente. Se dirige a las escaleras. Asciende. Entra en una habitación.  Recuesta su pesado y ancho cuerpo sobre la cama. El colchón se hunde al contacto con su cuerpo y hace un crujido.

Tic, toc…

La mujer se dispone a dormir. Da un suspiro. Medita sobre su soledad…

El silencio inunda la casa. Sólo se escucha el reloj…

 

 

Karladora (mini-ficcion)

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KARLADORA

 

Karla durante muchos años –prácticamente desde el inicio de su adolescencia- se dedicó a escuchar, sólo a escuchar. Escuchaba a su madre al levantarse, en la madrugada, o prácticamente a cualquier hora en que a su madre se le ocurriera, o sintiera la necesidad de desahogarse; escuchaba a sus hermanos menores: “mis compañeros me hacen bullying”, “dicen que estoy feo”, “se burlan de mí”, “no encuentro mi muñeca”, “se rompió mi carrito”….;   en la escuela escuchaba a sus amigos y amigas. Escuchaba, se dedicaba a oír, desde lo más ordinario: “se me quebró una uña”,  “mi perro desapareció”, “mi novia me cortó”, hasta lo más complejo: “no le encuentro sentido a la vida, desearía morirme”, “me corrieron de la casa”, “ayer me fui de peda y hoy no me la acabo”.  Sí, así creció Karla, escuchando y escuchando. Con el tiempo Karla comenzó a escuchar otro tipo de cosas más complejas: “ya no aguanto a mis hijos”, “la semana pasada tuve una aventura, y estoy cuidando que Pedro no se entere”, “descubrí unos mensajes en el celular de Juan y no sé qué hacer”,  “me obliga a tener relaciones”, “estoy embarazada”, “ayer me golpeó”… 

Sí,  Karla escuchaba, escuchaba, en ocasiones también abrazaba y consolaba.  A veces, ¡hasta intentaba dar consejos! Pero en la mayoría de las ocasiones sólo escuchaba, pues cuando alguien se desahoga sólo quiere que se le escuche, no que le den consejos.

Karla creció blanca, nívea, pálida -tal vez demasiado pálida-  como una muñeca de porcelana, sí como una muñeca que no habla y sólo escucha.  Hermosa Karla, muñeca de porcelana.  Amada, sí, amada, pues todos iban con ella a que los escuchara y sonriera, sí, porque las muñecas cuando sonríen son más bonitas. Pasó el tiempo y Karla no se dio cuenta exactamente en qué momento –si es que hubo uno específico- o si fue paulatina su pérdida de voz. Solamente que dejó de usarla tan seguido, que simplemente un día ya no salió, pero ¿para qué necesitan voz las muñecas? Así estaba bien Karla,  se veía en el espejo y veía una muñeca, con su cabello bien peinado, maquillada, bien vestida. Estaba perfecta Karla.  Pero los años pasaron y Karla siguió escuchando, escuchando y escuchando, hasta que ya no era una muñeca lo que veía en el espejo, seguía siendo blanca, muy blanca -tal vez demasiado blanca- con un cuello delgado, una cara redonda, ya no tenía rostro. No, ya no tenía rostro,  en vez de eso era una tapa, sí, una tapa insípida, plana, blanca, casi amarillenta, que cuando la levantabas y lograbas que quitara su expresión inexpresiva había sólo… había solamente una gran hendidura con un poco de agua y algo café, mucho café, demasiado café… era mierda, sí, mierda, mierda de muchos tamaños y texturas, mierda marrón oscuro, verde, amarilla, mierda por todas partes… ¡Sí, Karla lo había logrado!  Por fin se había convertido en lo que toda muñeca oyente aspira a ser: un hermoso inodoro.  Blanco, níveo y lleno, lleno de toda la mierda que había recolectado durante tantos años de escuchar, escuchar y escuchar. ¡Felicitaciones para Karla!